Sabiduría Diaria 15.10.2018


(FOTO: LAURENCE FREEMAN, BRASIL)

Nuestra capacidad para la contemplación – que vemos tan claramente en los niños y aquellos que humildemente han acogido su proceso de sanación – se encuentra conectada a este instinto natural para desarrollar el don de la atención. En los animales y probablemente también en las plantas percibimos este poder de atención. En la selva nunca nos sentimos solos. Pero conforme el don humano de la atención se desarrolla, se expande en algo puro y centrado en el otro. Es incluyente. Abre el ojo del corazón, mismo que nos permite ver a Dios en todas las cosas, nos permite reconocer la atención divina en todos los niveles de consciencia y en todas las formas de la naturaleza. Simplemente estos son los frutos de meditar. Juntarlos y replantarlos para aquellos que siguen de nosotros hace que necesitemos la amistad humana antes que nada – la comunidad que la meditación crea pero que también apoya la prática. Sin embargo, hace falta también la amistad con el mundo natural. Necesitamos percibir que podemos sentirnos en casa en el desierto, en la selva junto al gran río. Necesitamos reír ante la juguetona exuberancia de las aves decoradas surrealistamente y portando sus penachos carnavalescos y llenos de colorido. Necesitamos vernos en estas formas primitivas de vida y recordar nuestra capacidad de jugar y de deleitarnos simplemente. Cuando fijemos nuestra atención otra vez en los asuntos complejos que confrontan nuestro mundo, nos sentiremos menos solos, menos aislados en la isla de la consciencia humana. De hecho, seremos capaces de ver más contemplativamente y actuaremos con mayor sabiduría.

( Meditatio Newsletter, October 2012 )


Entradas destacadas