Tercera Semana de Adviento
 

Una vez conocí a un joven hombre de negocios de una parte del mundo muy convulsionada. Observé que en una conversación previa con otros sobre la situación política, él se había mantenido distante y sin decir nada. Más tarde, a solas, me dijo que él no hacía política porque “ellos (los políticos) son todos iguales”. Yo pensé, bueno, son iguales en cuanto son todos imperfectos; pero su forma y grado de ser imperfectos no es el mismo.

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Le pregunté cómo iba su negocio y se iluminó. “Va muy bien. Difícil y riesgoso. Pero se pueden hacer muy buenos negocios en una crisis”. Fue para mí el punto más triste de mi visita y arrojó una luz escabrosa sobre el futuro de nuestras democracias rotas.

Quedé similarmente sorprendido cuando la gente me comentó que no había votado en las recientes elecciones norteamericanas porque “un lado era tan malo como el otro.” Reflexionar sobre el significado del adviento debería arrojar luz sobre todas las dimensiones de nuestra vida – no sólo lo interior y solitario sino también sobre las formas en que estamos obligados a interactuar responsablemente en el mundo. La mayor parte de las decisiones morales – y todas las decisiones son morales - no son blancas y negras. Muchas situaciones, especialmente en este mundo post-verdad donde el extremismo está creciendo, nos obligan a elegir entre el menor de dos males. El mal mayor, vinculado a la cobardía moral, podría ser no elegir porque estamos esperando un conjunto perfecto de circunstancias que lleguen para encajar en nuestra prescripción de la realidad.

Observar el Adviento nos entrena en realismo. Elegimos esperar – sin fantasía - por un bien que nunca encajará en un escenario empaquetado por nuestra imaginación. Aprendemos a creer en un bien más allá de lo que podemos desear. Esperamos un grado de bondad, de plenitud, que ya ha empezado a influir en nosotros desde la primera vez que escuchamos hablar de la buena noticia. Podemos descartarla como un mito o un falso consuelo, indigno de un racionalista escéptico moderno. O podemos impacientarnos y dudar de que algún día se realice. Pero si entramos en el espíritu del Adviento aprendemos lo que significa “esperar con gozosa esperanza” como una de las oraciones de la liturgia de Adviento lo describe.

Esperanza gozosa no es lo mismo que celebrar un regreso a casa, una llegada. La dimensión tiempo no ha sido aún penetrada por la eternidad que barre y unifica todas las dimensiones incluyendo aquellas que no hemos aún descubierto. La cronología no ha sido sumergida aún en la ontología. El quehacer cotidiano no ha sido aún iluminado por el brillo del ser. Solamente saber que todo esto está aún por venir eleva nuestro espíritu y nos impulsa a comprometernos con las difíciles decisiones de nuestro tiempo.

Pero por lo menos nos estamos acercando. Saber aunque sólo sea eso, fortalece nuestras rodillas temblorosas y nos salva del precipicio del cinismo donde nuestra única lealtad es con nosotros mismos. La demora es solo el tiempo que nos toma caer en otro tipo de precipicio al abandonar nuestras defensas, reconocer y creer en lo que viene hacia nosotros. En ese instante vemos la encarnación suceder cuando dejamos de fantasear y aceptamos la realidad.

No es sólo la Palabra eterna la que se hace carne. El tiempo y la eternidad son pareja de un matrimonio. También nosotros necesitamos encarnarnos. Entonces reconocemos hacia dónde nos lanzamos. Nos damos cuenta de que aquello que viene hacia nosotros también está aquí. Está escondido en su auto-revelación hasta que hayamos sido sacudidos y transformados por la pacífica colisión de la Navidad.

Traducción: Carina Conte.

 

Nota: El término post-verdad, - post-truth - en inglés, se refiere a aquello que se lee en internet  o la prensa y que se toma como cierto sin

 

tener datos para comprobarlo. Notas basadas simplemente en creencias y emociones.